Darío, rey de Persia, estaba cazando un día cuando se encontró apartado de sus sirvientes. Cabalgaba solo a través de una pradera y observó que un hombre corría hacia él.
-Es un enemigo, -pensó, y colocando una flecha en su arco, apuntó.
-Mi señor -gritó el hombre lleno de miedo-. No disparéis. ¿No me reconocéis? Soy vuestro caballerizo y cuido de vuestros corceles.
-Da gracias a tu buen ángel -dijo Darío sonriendo, mientras guardaba la flecha-. Un minuto más y estarías muerto.
El caballerizo rió nerviosamente, se acercó y se inclinó.
-Espero que me perdonéis, mi señor, si os ofrezco un consejo -dijo-. ¡Tiene que haber algo verdaderamente errado cuando un rey no distingue a un amigo de un enemigo! Una de las exigencias de la gran posición que ocupáis es la de saber quién es cada uno de vuestros servidores. He estado a menudo en vuestra presencia y hemos discutido varias veces sobre los caballos que cuido para vos. Pero ahora, cuando corría lleno de alegría cruzando el prado para daros la bienvenida, no deberíais haber pensado que era un enemigo.
-¿Veis todos estos corceles? -dijo el caballerizo extendiendo los brazos-. ¡Hay cientos de ellos, miles de ellos! y conozco el nombre de todos. Nombrad uno y os lo traeré. Esta es la razón de que me confiaseis este puesto.
¡Oh, majestad! Deberíais atender a vuestra grey con el mismo cuidado. Darío, desde aquel día, se dirigió amablemente al hombre, grabó el consejo en su corazón e hizo esfuerzos por conocer personalmente no sólo a los visires, sino también a quienes convivían con él.
El maestro de sabiduría enseña: El sonido más agradable que puede escuchar una persona es su nombre pronunciado con afecto. Quien conoce a sus compañeros gana amigos.
(Popular persa)