Seamos cautos

Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida. El Apóstol Pablo, ya anciano y encerrado en la cárcel, es consciente de que está cercano el fin de su vida y el momento del encuentro personal con Dios, con el Dios que ha dado sentido a su vida, toda ella dedicada a la predicación de la obra que el Padre ha querido llevar a término, por medio de su Hijo Jesús, para bien de todos los hombres. Pablo no teme presentarse ante aquel que es el juez justo, y esto, como él mismo reconoce, no por haber combatido bien su combate o por haber corrido hacia la meta y mantenido la fe, sino porque es consciente de que cuanto ha realizado durante su vida no debe atribuirselo a sí mismo, sino que todo, absolutamente todo es gracia, todo es don de Dios. En efecto, es por gracia de Dios que Pablo ha sido fuerte para anunciar el Evangelio a todos los pueblos, y por esta misma gracia puede ahora esperar de Dios la corona de justicia, preparada no sólo para Pablo sino también para todos los que esperan su venida. Y este mensaje que Pablo ha recordado con insistencia viene refrendado por la página del evangelio de Lucas que leemos hoy. La conocida parábola del fariseo y del publicano no puede ser reducida a una simple recomendación a ser humildes cuando oramos para obtener que se nos escuche según nuestros deseos. La parábola tiene mucho más calado y quiere indicarnos cual ha de ser nuestra posición justa ante el juicio de Dios que, sin prisas pero sin pausas, va acercándose para cada uno de nosotros. En labios de Jesús y ante un auditorio judío, la parábola del fariseo y del publicano debió desconcertar sinceramente en cuanto contrastaba con el modo de pensar habitual de la gente. La descripción de la plegaria de estos dos hombres, en el fondo, describe dos actitudes ante la vida. El fariseo comienza con la fórmula tradicional de la plegaria judía: “Oh Dios, te doy gracias”. El fariseo da gracias a Dios porque reconoce como don suyo ser lo que es en realidad. No es justo presentar sencillamente a los fariseos como hipócritas. De hecho eran hombres profundamente religiosos, consagrados a Dios y a su Ley, que se esforzaban en observar con fidelidad. La plegaria del fariseo expresa la vida de aquel hombre, que merce, si más no, un profundo respeto. La plegaria del publicano, en cambio, brota de una conciencia de pecado y se puede comparar a un grito de angustia ante la propia impotencia y pobreza. Los publicanos, a causa de su actividad - eran recaudadores de impuestos en nombre de la autoridad romana - eran despreciados por todos, y era difícil imaginar un cambio radical en su vida. Por esto, al publicano no queda otra posibilidad que confiarse a Dios, ponerse en sus manos, gritando: “Oh Dios, ten piedad de mi, pecador”. El juicio de Jesús desbarata los razonamientos humanos. La plegaria del fariseo no es aceptada, mientras que el despreciado publicano es justificado. La plegaria del fariseo no es agradable a Dios porque toda su confianza descansa en sus observancias y no en Dios. El fariseo reconoce que todo lo que es y posee es don de Dios, pero esta conciencia le permite considerarse superior a los demás e incluso despreciar al pobre publicano. En el fondo, la acción de gracias del fariseo no es expresión de dependencia con respecto a Dios, sino la proclamación del propio derecho a la salvación, en virtud de lo que es y de lo que hace. En cambio, la plegaria del publicano es el reconocimiento de la propia pobreza. La humildad del publicano no es una táctica para atraer el favor de Dios. Dios justifica al publicano porque se compadece de su miseria y lo ama gratuitamente. En cambio no puede acoger al fariseo seguro de sí, que no necesita tender la mano y abandonarse en Dios. Seamos cautos. Mientras esperamos el juicio de Dios, no olvidemos que todos llevamos dentro un fariseo y un publicano. Pidamos a Dios que nos ayude a reconocer sus dones, darle gracias por ellos, manteniendo siempre el alma de pobre, la conciencia de que en nuestra vida todo es gracia.
¡¡GRACIAS, P. Jorge!! (P. Jorge Gibert Tarruell)