
Queridos diocesanos:
El domingo 14 de noviembre, XXXI del Tiempo Ordinario y penúltimo del año litúrgico, recordaremos especialmente que el Día del Señor, en el que somos convocados para celebrar la presencia de Jesucristo Resucitado y ofrecer al Padre el testimonio de nuestro reconocimiento como criaturas suyas, es también el Día de la Iglesia. Todo domingo es Día de la Iglesia, porque la presencia del Señor es anunciada y vivida no sólo de manera individual por los discípulos de Jesús sino también de forma comunitaria, es decir, como miembros de su Cuerpo, al que pertenecemos en virtud del Bautismo. El Resucitado nos convoca cada ocho días en torno a Él haciéndonos “uno” con Él mediante el don del Espíritu Santo, como sucedió en Pentecostés. Esta unidad se manifiesta externamente sobre todo cuando los cristianos nos reunimos en la celebración de la Eucaristía dominical, que perpetúa en el tiempo la imagen de la primera comunidad cristiana, descrita en los Hechos de los Apóstoles, que refieren cómo los primeros bautizados “perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (2,42).
Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica, tomando las palabras del Concilio Vaticano II, nos recuerda que Jesucristo “estableció en este mundo su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y amor, como un organismo visible”, manteniéndola “sin cesar para comunicar a todos, por medio de ella, la verdad y la gracia”. Por eso la Iglesia es, a la vez, “sociedad dotada de órganos jerárquicos y Cuerpo Místico de Cristo; grupo visible y comunidad espiritual; Iglesia de la tierra e Iglesia llena de bienes del cielo” (CCE 771). Esta compleja y hermosa realidad la podemos percibir cada día en nuestras comunidades parroquiales, religiosas, apostólicas, etc. y, por supuesto, en la diócesis como expresión de la porción del pueblo de Dios confiada a un Obispo. Por eso la imagen más completa de la Iglesia como realidad visible se produce en la celebración eucarística en torno al altar, verdadera fuente de la que mana, a través de la palabra de Dios proclamada y del Cuerpo y de la Sangre del Señor, esa realidad misteriosa y viva que es, en definitiva, la comunión de fe, caridad y esperanza que nos hace ser Iglesia.
Nuestra diócesis, según el Plan pastoral del presente curso, está recordando a cada momento que debemos “escuchar la voz del Buen Pastor” para ser “un solo rebaño”, es decir, está insistiendo en la comunión eclesial como estilo y cauce de vida y de acción pastoral. En este sentido el Día de la Iglesia diocesana nos viene muy bien para intensificar esta toma de conciencia, porque la fe, la caridad y la esperanza que podemos y debemos compartir son, en definitiva, bienes del cielo que nos son dados, ya desde el Bautismo, como fuerzas sobrenaturales o “virtudes teologales”. Gracias a estos dones, traducidos en una conducta coherente de vida, hacemos de la Iglesia una verdadera comunión fraterna en la que se comparten no sólo la fe y la esperanza, sino también la caridad que nos mueve a evangelizar, servir, ayudar al necesitado, compartir con los que tienen menos, en una palabra, a dar y darnos con generosidad.
No lo olvidéis, amigos, "Cristo instituyó a la Iglesia para ser comunión de verdad, de vida y de amor" (LG 9). Con mi cordial saludo y bendición: + Julián, Obispo de León
El domingo 14 de noviembre, XXXI del Tiempo Ordinario y penúltimo del año litúrgico, recordaremos especialmente que el Día del Señor, en el que somos convocados para celebrar la presencia de Jesucristo Resucitado y ofrecer al Padre el testimonio de nuestro reconocimiento como criaturas suyas, es también el Día de la Iglesia. Todo domingo es Día de la Iglesia, porque la presencia del Señor es anunciada y vivida no sólo de manera individual por los discípulos de Jesús sino también de forma comunitaria, es decir, como miembros de su Cuerpo, al que pertenecemos en virtud del Bautismo. El Resucitado nos convoca cada ocho días en torno a Él haciéndonos “uno” con Él mediante el don del Espíritu Santo, como sucedió en Pentecostés. Esta unidad se manifiesta externamente sobre todo cuando los cristianos nos reunimos en la celebración de la Eucaristía dominical, que perpetúa en el tiempo la imagen de la primera comunidad cristiana, descrita en los Hechos de los Apóstoles, que refieren cómo los primeros bautizados “perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (2,42).
Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica, tomando las palabras del Concilio Vaticano II, nos recuerda que Jesucristo “estableció en este mundo su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y amor, como un organismo visible”, manteniéndola “sin cesar para comunicar a todos, por medio de ella, la verdad y la gracia”. Por eso la Iglesia es, a la vez, “sociedad dotada de órganos jerárquicos y Cuerpo Místico de Cristo; grupo visible y comunidad espiritual; Iglesia de la tierra e Iglesia llena de bienes del cielo” (CCE 771). Esta compleja y hermosa realidad la podemos percibir cada día en nuestras comunidades parroquiales, religiosas, apostólicas, etc. y, por supuesto, en la diócesis como expresión de la porción del pueblo de Dios confiada a un Obispo. Por eso la imagen más completa de la Iglesia como realidad visible se produce en la celebración eucarística en torno al altar, verdadera fuente de la que mana, a través de la palabra de Dios proclamada y del Cuerpo y de la Sangre del Señor, esa realidad misteriosa y viva que es, en definitiva, la comunión de fe, caridad y esperanza que nos hace ser Iglesia.
Nuestra diócesis, según el Plan pastoral del presente curso, está recordando a cada momento que debemos “escuchar la voz del Buen Pastor” para ser “un solo rebaño”, es decir, está insistiendo en la comunión eclesial como estilo y cauce de vida y de acción pastoral. En este sentido el Día de la Iglesia diocesana nos viene muy bien para intensificar esta toma de conciencia, porque la fe, la caridad y la esperanza que podemos y debemos compartir son, en definitiva, bienes del cielo que nos son dados, ya desde el Bautismo, como fuerzas sobrenaturales o “virtudes teologales”. Gracias a estos dones, traducidos en una conducta coherente de vida, hacemos de la Iglesia una verdadera comunión fraterna en la que se comparten no sólo la fe y la esperanza, sino también la caridad que nos mueve a evangelizar, servir, ayudar al necesitado, compartir con los que tienen menos, en una palabra, a dar y darnos con generosidad.
No lo olvidéis, amigos, "Cristo instituyó a la Iglesia para ser comunión de verdad, de vida y de amor" (LG 9). Con mi cordial saludo y bendición: + Julián, Obispo de León