La cruz inevitable

En este año paulino los cristianos de todas las confesiones celebramos el bimilenario del nacimiento de Saulo, también llamado Pablo. En vísperas de la Semana Santa recordamos el puesto que en su predicación ocupa el misterio de la cruz de Jesucristo.
Ya en el primer discurso que pronunció en Antioquía de Pisidia, el Apóstol recuerda cómo Jesús fue condenado a muerte, bajado del madero y depositado en un sepulcro. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos.
La sombra de la cruz y el misterio de la resurrección de Cristo constituyen el núcleo de la predicación de Pablo. Ante el rey Agripa el gobernador romano confiesa que los judíos solamente tienen contra Pablo “unas discusiones sobre su propia religión y sobre un tal Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirma que vive”. Lo poco que el gobernador ha entendido es fundamental. Por atestiguar la resurrección de Jesús, Pablo había sido despedido con desdén por los que le escuchaban en el Areópago de Atenas.
Esa misma convicción aflora en las cartas que Pablo escribe a las comunidades por él fundadas. En la carta primera a los Corintios, Pablo manifiesta que la muerte salvadora de Cristo y su resurrección de entre los muertos “según las Escrituras” son el núcleo de lo que él ha recibido de la tradición. Ésa es la herencia que ha hecho suya. Ése es el contenido de su predicación.
En el hermoso himno que Pablo introduce en su carta a los Filipenses recuerda que, aun siendo de condición divina, Cristo Jesús se anonadó e hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso, Dios lo ensalzó y le concedió el nombre sobre todo nombre.
Pablo sabía bien que la cruz era un escándalo para los judíos y una necedad para los griegos. Pero estaba convencido de que para los creyentes Jesús es el signo y el testimonio de la fuerza de Dios.
A dos mil años de distancia, aquellas convicciones de San Pablo siguen siendo significativas para todos los cristianos de hoy. Ante los dolores que afligen a la humanidad, es inútil suprimir la cruz de nuestros lugares públicos declarándola políticamente incorrecta. La cruz del hombre parece inevitable. Ante la falta de crucifijos se abrirán los brazos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, implorando pan y justicia, vida y sentido para la vida.
También hoy son muchos los inocentes que son condenados a muerte en virtud de intereses políticos, no muy diversos de los que movieron a Poncio Pilato a crucificar al hombre Jesús, en el que confesaba no hallar motivo de condena. Todavía hoy son muchos los que son obligados a llevar la cruz de cada día. Todavía hemos de intentar poner en marcha la nueva creatividad de la caridad.
El mensaje de San Pablo sobre el misterio de la cruz de Cristo es hoy más vivo y urgente que nunca. Ese mensaje que proclaman nuestros cofrades con su paso cadencioso nos interpela y nos convoca a diseñar un mundo más humano y, por eso mismo, más santo y verdadero.
(José-Román Flecha Andrés)